Controversias sociales de las TRA

De todas las partes de la Medicina y de todos los atributos que han condicionado la evolución de nuestra especie, con plena seguridad, la sexualidad y la reproducción son las que más se cargan de singularidades sociales. Además, el rápido avance de la tecnología reproductiva ha introducido cambios significativos en la concepción de las familias que a veces cuesta asimilar a las sociedades menos avanzadas y a las más impregnadas de conservadurismo extremo. Algunas maniobras comunes en Medicina Reproductiva también han generado controversias, como la donación o congelación de gametos y embriones, la reducción embrionaria o el costo sanitario de estos tratamientos.

  • La aceptación sociocultural de los nuevos modelos de familias surgidos con los tratamientos de fertilidad
  • Desacuerdos sociales sobre la reducción embrionaria

La aceptación sociocultural de los nuevos modelos de familias surgidos con las técnicas de reproducción asistida (TRA)

Desde el primer nacimiento conseguido con TRA, lo que más escandaliza en determinados colectivos individuos es el cambio en la concepción clásica de familia, esto es, biparental, heterosexual, religiosa o civilmente comprometida y con la transmisión de los propios genes a la prole.

Podemos vislumbrar entonces hasta dónde puede concebirse el cambio en el concepto de familia al que nos hemos acostumbrado en el nuevo milenio. No es más que la cohabitación con las familias monoparentales, las de parejas de homosexuales, las que no tienen vínculos legales o donde se transmiten otros genes diferentes al de los padres legales. En este sentido, en países donde la subrogación esté permitida, se puede llegar a que un bebé tenga cinco padres teóricos: la donante del óvulo, el donante de espermatozoides, la mujer que lo ha gestado en su vientre de alquiler y los padres legales que han solicitado el tratamiento. La mejoras en las técnicas de laboratorio para la criopreservación de gametos o embriones puede que incluso habilite a que alguno de ellos esté muerto. No cabe duda de que se hayan disparado las fantasías populares y todavía hablar de ello produzca perplejidad.

Ahora que las TRA son comunes en todo el mundo, se han globalizado los debates médicos, legales, morales y éticos desatados desde su origen. Algunos países como el nuestro las han regulado teniendo en cuenta las recomendaciones clínicas, pero en otras latitudes y dentro de los colectivos de inmigrantes con quienes convivimos, son dictámenes de índole religioso los que imperan en su idoneidad y ejercicio.

Durante tiempo, la mayoría de los estados las limitaron a las parejas heterosexuales, casadas o con relación estable. Y a pesar de que la normativa haya cambiado en la última década, y que la comunicación haya experimentado las mayores cotas de desarrollo permitiendo el alcance inmediato a todos los rincones informatizados del planeta, muchos siguen apartando a las parejas homosexuales o a las no casadas.

Razones culturales o religiosas están detrás de este impedimento. Esgrimen una serie de beneficios para los hijos nacidos de parejas heterosexuales (o simplemente de parejas) que nadie ha demostrado. En rigor, existen muchos prejuicios que ponen en peligro el reconocimiento social y la aceptación de las familias monoparentales o de homosexuales. Tanto, que sus posibles beneficiarios disimulen que se van a someter a ellas, aún viviendo en zonas donde estén reconocidas. En nuestro medio, se trata de un fenómeno particular de transculturación que afecta a los inmigrantes de Sudamérica y del norte de África. Los nacidos bajo estas TRA, no sólo tienen en contra a su sociedad (colegios) sino también a su círculo íntimo de amigos y familiares.

Las primeras desconfianzas respecto a si los hijos nacidos por TRA pudieran tener peor acogida que los nacidos de forma espontánea proceden de la hipótesis de que existe un trasfondo psicológico que influye en esas madres. El estrés que se acumula a su paso por los diagnósticos, los tratamientos, el coste económico y el propio embarazo, y se manifestara cuando estos niños hubiesen nacido.  Sin embargo, esta duda quedó resuelta con los estudios especializados, donde se observa que las madres de hijos nacidos con FIV muestran más cuidado de sus hijos y padecen menos estrés que cuando estos se gestan de forma natural. De forma análoga, los padres también se implican más en el cuidado de los hijos y globalmente no se han encontrado diferencias en el padecimiento de trastornos psicológicos o afectivos entre estos hijos.

El estrés también se ha argumentado como primer obstáculo a la aplicación de TRA a mujeres solteras. Surge de la comparación desacertada con los niños de familias que han acabado siendo monoparentales por divorcio de la pareja o muerte de uno de los cónyuges. En estas familias, los hijos están sometidos a un mayor estrés y rinden menos en los colegios. Por tanto, parece que son las razones económicas, y no las sociales, las que hacen que los hijos de madres solteras tengan menos cuidados que los hijos de familias biparentales. De hecho, cuando se ha comparado la evolución de los hijos nacidos tras donación de semen, no se observan más alteraciones de la conducta ni desviaciones de su educación primaria que en los niños que tienen dos progenitores.

Sin embargo, las familias monoparentales aún deben hacer frente a las dificultades de adaptación social como consecuencia de que la Sociedad como contexto global o determinados guetos culturales dentro de ella, han tardado en aceptar este tipo de familias. De nuevo reiteramos la mirada a los colectivos de inmigrantes a los que guiamos sus demandas reproductivas en nuestras consultas.

Los problemas atribuidos a las familias de lesbianas se extienden más allá del que acabamos de mencionar. Radica básicamente en la ausencia de la figura paterna, a la que se le ha achacado una mayor dificultad de integración y un elevado riesgo de aislamiento social. También se han esgrimido otras desventajas a los hijos criados en estas familias: más predisposición a desarrollar trastornos psicológicos debido a esa reacción social, especialmente en el colegio; la pérdida de la masculinidad de los niños y de la feminidad de las niñas; pero, sobre todo, a la posibilidad de transmitir la homosexualidad a la descendencia, una condición aún indeseable para ciertos sectores de nuestra sociedad.

Sin embargo, estos temores no se han observado en numerosos estudios de observación, donde el cuidado de los hijos de madres lesbianas y su posterior integración social, emocional y sexual no difiere del recibido por los niños de madres heterosexuales. En definitiva, la presencia del padre no influye en el desarrollo del comportamiento sexual masculino o femenino ni repercute en su estado emocional ni en su conducta social.

Este debate no se traslada a la familia en sí, sino a la misma aceptación de la TRA. Fundamentalmente se esgrimen razones religiosas, pero existen diferentes reglamentaciones que permiten realizarla en unos países y no en otros, aún con similares creencias y condiciones socioculturales. Esto hace que en países como España, Bélgica o Inglaterra atraiga a parejas de países vecinos y florezca eso que se ha convenido en llamar Turismo Reproductivo. Como apuntábamos, existen incluso diferencias en las normas de los países más permisivos, que pueden condicionar el cómo se acepte este tipo de tratamientos. Una de ellas, referente al anonimato de la donación, si bien supeditado más a cuestiones legales que culturales, sigue siendo uno de los asuntos éticos más discutidos en Medicina reproductiva. Otras cuestiones no menos importantes, como la remuneración de los donantes o la limitación en el número de niños por donante, no están resueltas.

Son principalmente las limitaciones religiosas de la donación las que restringen el tratamiento a nuestras pacientes o a parejas de otros países europeos.  En este sentido, cualquier forma de donación de gametos está terminantemente prohibida en los países islámicos, donde la ley del Corán los equipara con el adulterio. En su trasfondo, se produce una inaceptable transgresión de la línea genealógica, cuya pureza es uno de los pilares fundamentales de esa religión. La denegación del entorno social y religioso a las parejas que necesitan este tipo de alternativas hace que muchas de ellas acudan a nuestros centros pidiéndonos que extrememos la privacidad de su decisión. Ellas mismas vivirán en el mayor de los secretos (y su consecuente carga de ansiedad) su tratamiento y la forma en cómo se ha conseguido el embarazo.

En conclusión, la sociedad, tanto en su vertiente legal como cultural o religiosa tiene mayores concesiones a las familias heterosexuales y biparentales basándose en falsos argumentos emocionales y de conducta. Al menos, el Método Científico no lo ha demostrado. Coincidimos con las voces que resaltan la importancia de no mirar el estado civil ni la inclinación sexual cuando se ofrece un TRA. E invitamos a otros países a copiar nuestra legislación en salud reproductiva y a leer los estudios de observación de los nacidos de estos tipos de familias.

 

Desacuerdos sociales sobre la reducción embrionaria

Desde su mismo advenimiento, la reducción embrionaria se ha cuestionado ética, legal y socialmente. Así, se ha considerado un proceder aceptable cuando alguno de los embriones presentaba alguna anomalía, pero si ninguno de ellos portaba defecto visible alguno, se ha comparado con un tipo particular de aborto. De hecho, la reducción embrionaria puede llegar a considerarse como un eufemismo que encubra al aborto selectivo, y en sociedades donde está legislado el aborto no plantea problemas legales ni sociales, aunque quedan médicos que se niegan a realizarlo o simplemente a ofrecerlo porque supone un acto criminal. Sin embargo, existen más que cuestiones terminológicas que diferencian al aborto de la reducción embrionaria, la principal, que el aborto hace referencia a la terminación del embarazo, y la reducción embrionaria a su mantenimiento.

En rigor, se trata de una maniobra que intenta mejorar, incluso preservar, la salud de los embriones restantes, y así se entiende en la mayoría de los países donde se permite. El embarazo múltiple tiene, además, mayores costes económicos para la sociedad y la propia familia. Existen evidencias que cuantifican el riesgo de la reducción embrionaria y que nos advierten que es más beneficiosa que mantener un embarazo múltiple. Este balance favorable no se ha observado, sin embargo, en la reducción a un solo embrión, por lo que las recomendaciones suelen limitarse a gestaciones de tres o más embriones, salvo que existan razones médicas que desaconsejen un embarazo gemelar.

Con respecto al impacto psicológico de la reducción embrionaria, aunque la decisión de practicarla es ya de por sí estresante y emocionalmente dolorosa, no se acompaña de síntomas depresivos de la embarazada ni parece afectar ni a los hijos ni a la familia. Esto se ha observado incluso en mujeres ha perdido a toda la descendencia; y en una encuesta, el 93% contesta que volvería a hacerlo,

En consecuencia, la reducción embrionaria se considera una eficaz y sana práctica para mejorar el resultado de un embarazo múltiple, especialmente para los implicados (médicos y pacientes) de tal manera que, salvo excepciones, todos los países donde existe reglamentación sobre TRA lo permiten.