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Por razones de índole estrictamente vocacional, he invertido mucho tiempo, ilusión y esfuerzo en la Mujer, concretamente en su salud; y el DSC_0397derroche de esos tres valores no sólo me ha autorizado para el estudio o tratamiento de las mujeres, sino que también me ha dado licencia para navegar por el proceloso mar de los secretos que permiten comprenderlas y quererlas. Cuando escribo sobre asuntos relacionados con la mujer y su salud, soy consciente de la dificultad para que el contenido de lo plasmado en papel traspase la inflexible frontera de lo interesante; al menos para quienes no pertenecen a esos colectivos —médicos o pacientes— incumbidos en mis hallazgos o consejos. Por eso he tratado estos temas con la música de por medio. Confieso que también es lo que me ha traído a este blog.

Me dedico a la Ginecología Endocrina, esa parte de la Medicina que se ocupa de los trastornos hormonales de la Mujer. Especialmente las empleo para facilitarles sus deseos de Maternidad y para aliviarles los disturbios de su ausencia. Pero si recurrimos al sentido musical, dedicarse a las hormonas viene a ser como el movedizo caminar por el lado salvaje que nos cantaba Lou Reed; y es que, a primera vista, todo cuanto suena a «hormona» está tan mal visto por la oficiosidad (eso que en lenguaje futbolístico llaman el respetable) que su mera articulación evoca sensaciones de artificio, cáncer o engorde. De esta guisa, quienes nos atrevemos a destapar sus mitos y desnudamos la realidad de sus efectos, somos anatema para nuestros propios colegas, y nos vemos obligados a trasladar las críticas al underground de la Medicina.

Al mismo tiempo, existen explicaciones de naturaleza genética que justifican mi apego a la rebeldía, mi querencia al agnosticismo, mi afinidad a cuanto se gesta en los subterráneos y mi cariño iconoclasta. Desde que los jóvenes californianos de los años sesenta se movieran contra los valores sociales y el american way of life de entonces, a esta actitud se le llama contracultura.

Por último, escondido tras la Cisura de Silvio, en algún lugar insondable del lóbulo temporal izquierdo de mi cerebro, despunta un racimo de neuronas con una desenfrenada pulsión por la música; sobre todo por aquella que cuenta algo, por aquella que eriza el vello cutáneo, por aquella que es capaz de levantar polvo por los caminos de la memoria. Y es que la música te pone en órbita sin necesidad de drogas de ningún tipo.

El mundo está lleno de historias, nuestras vidas están llenas de historias y la Mujer es la mejor historia que ha tenido el hombre. Por eso, en este blog vendrán historias de mujeres mezcladas con lo mejor de sus hormonas, su (contra)cultura y su música.

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